Crisis humanitaria, en pleno suelo americano
Isabel Saavedra | 2011-06-18
El Diario NY
Antes de dejar Long Island para atender una delegación educacional en la frontera de Arizona con México este mes, pensaba que sabía todo sobre los problemas de los inmigrantes en Estados Unidos. Estaba equivocada.
Escuchamos tanto sobre la frontera —la muralla, la violencia, las drogas— pero siempre se nos olvida la verdadera historia. Miles mueren en el desierto cado año tratando de entrar al país, sólo para darle de comer a sus familias.
El desierto de Arizona puede parecer estar lejos de Nueva York pero no lo está. Los mismos inmigrantes que arriesgan sus vidas cruzando el desierto vienen aquí, esperando hallar trabajo o reunirse con sus seres queridos. Algunos no sobrevivirán el viaje.
He sido una apasionada del tema desde que tenía 16 años y en un par de meses voy a entrar a la universidad para ser abogada de inmigración.También tengo una conexión personal con este tema. Mis padres vinieron a Long Island para encontrar una mejor educación para sus hijas. Fuímos indocumentados durante ocho años.
Aunque empezamos nuestro proceso de legalización en 2001, durante ese período me sentí deprimida y avergonzada. Mi experiencia sin embargo no me preparó para lo que encontraría en la frontera.
Para empezar, aprendí que la frontera con México no siempre ha sido un campo de batalla contra inmigrantes. Antes de 1994, la gente se movía relativamente fácil. Pero después de NAFTA, la frontera cambió.
Millones de granjeros en México y Centroamérica perdieron sus sustentos cuando los EEUU cortaron sus cosechas. NAFTA prometió crear trabajos en las maquiladoras, pero no crearon suficientes y algunos de esos empleos no pagan más que $6.50 al día. Como resultado, el flujo de migración a EEUU creció. En vez de reorganizar las leyes, los políticos optaron por botar billones de dólares militarizando la frontera.
Durante la delegación, organizada por Witness for Peace y Borderlinks, 11 otros residentes de Nueva York y yo fuimos testigos de los efectos de estas políticas. Escuchamos historias de docenas de inmigrantes que han vivido alrededor del país. Muchos fueron separados de sus esposas e hijos que aún viven en los Estados Unidos.
No todo lo que aprendimos fue negativo. Conocimos a uno de los fundadores de No More Deaths, un grupo de voluntarios que proveen agua y primeros auxilios a quienes tratan de cruzar Arizona. Y por más duro que suene,activistas anti-inmigrantes muchas veces botan el agua en el desierto.
En las noticias escuchamos de la política de inmigración. Políticos como el Ejecutivo del Condado Steve Levy que llama a los hijos de los indocumentados “bebés anclados” y ataca a los inmigrantes latinos.
Esas narrativa no nos lleva a ninguna parte. Como vi en Arizona, este problema va más allá de los republicanos o demócratas, es un asunto humano de sobrevivencia.
Hay gente muriéndose en el desierto. Madres, hijas, esposos e hijos. Necesitamos cambiar las leyes de inmigración en nuestro país para que la gente tenga una entrada legal y así contribuir plenamente a nuestra economía y comunidad.
Eso es lo que le tenemos que decir al Congreso. Pero también a nuestros amigos, familia y vecinos. Contarles sobre la crisis humanitaria que está sucediendo aquí mismo en suelo americano.
Es hora de preguntarse a sí mismo como debemos actuar como residentes de Nueva York. Necesitamos preguntarnos, ¿somos ese tipo de personas que le damos de beber a un caminante con sed, o que sabiendo que alguien necesita agua la bota en el desierto?